Un grupo de muchachos planifican pasar un día en el campo. Se dirigen hacia un municipio escondido entre los campos fértiles de la Vega de Granada.
El sendero, flanqueado por álamos que murmuran con el viento, les conduce a un lugar donde las tradiciones se viven como si el tiempo hubiese decidido descansar allí.
Las calles huelen a pan recién hecho, las acequias susurran historias antiguas y, entre fiesta y costumbre, el aire parece guardar todavía el paso de Federico García Lorca.
En otro tiempo, él recorrió aquellas mismas veredas verdes, dejándose inspirar por su Granada, derramando en versos su sensibilidad, sus inquietudes y la incomprensión que a veces le cercaba.
Los chicos, atrapados por esa atmósfera, se enamoran del municipio. Al cabo de tiempo deciden volver a aquel lugar, sumergirse en todo lo que acontece, es un pueblo con magia. El entorno es poesía y las costumbres que Lorca amó siguen allí presentes.
Escuchan una y otra vez la canción “Verde que te quiero verde”, y en ella encuentran el hilo invisible que une su presente con aquel pasado lleno de duende.
Así, bajo el cielo andaluz, se detienen.
Narran sus vivencias y sus sueños, confiesan sus deseos y temores, se interrogan sobre el amor, sobre la forma en que ven el mundo y cómo creen que el mundo los ve a ellos.
Y de ese instante nacen sus preguntas más íntimas:
Miguelín : ¿Está enamorado de una chica que no le presta atención… o es que su diferencia le coloca siempre en la orilla?
María: ¿Ama en silencio a una compañera que no comprende cómo otra mujer podría quererla?
Israel: ¿Puede querer a su madre y a su padre por igual cuando ella ama a otro hombre y él a otra mujer? ¿Qué se quiebra en su interior cuando lo descubre?
En la Vega, entre álamos y versos, estos jóvenes comprenden que la poesía no es solo palabra escrita:
es un espejo donde mirarse, un lugar donde atreverse a preguntar, y quizá, algún día, a responderse.